Santiago y su guitarra: una historia que suena a paz

En el aula de artística de la Normal Superior de Caldas, en la avenida más concurrida de Manizales, el eco de una guitarra acompaña la voz de un chico de sexto grado que sonríe mientras repite un ritmo en tres tiempos: uno, dos, tres. Uno, dos, tres.

Se llama Santiago Ramos Aguirre y encontró en Artes para la Paz un lugar donde la música se volvió más que una clase: una forma de sentirse en casa.

“Mi tía es guitarrista —cuenta—, y desde que la escucho tocar, me gusta mucho la guitarra. Me compré una, y acá he aprendido más sobre los acordes y sobre cómo tocar bien. El profesor enseña muy bien.”

Para Santiago, cada ensayo es una mezcla de alegría y amistad. “

Todos nosotros somos amigos. Nunca hemos peleado ni nada.”

Su voz, todavía de niño, se llena de emoción cuando menciona su sueño: “Yo quisiera ser músico, estar en una banda y tocar con mis amigos. Me gusta mucho la bachata, porque es un género romántico y lindo.”

Entre acordes y sonrisas, Santiago ha descubierto que el arte puede transformar la vida escolar y personal; además de compartir y entender que detrás de cada nota hay una historia compartida, una manera distinta de convivir.

Su guitarra se ha convertido en su compañera fiel, en la llave que abre un mundo de emociones y aprendizajes.

Historias como la de Santiago nos recuerdan que la música no solo se escucha: se vive, se siente y se comparte.

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