La mañana en el Instituto Maltería de Manizales tenía ese brillo de las cosas que están a punto de pasar. El sol caía redondo sobre el patio, el aire olía a pintura, cartulina y emoción.
En un salón adyacente a la entrada principal de la Sede La Colonia, ubicada en el Recinto del Pensamiento, un grupo de niños esperaba su turno para entrar a escena. Sus rostros estaban cubiertos de colores: manchas de marrón, rayas de tigre, antenas de cartón, bigotes dibujados con precisión.
Habían recibido maquillaje profesional —de ese que transforma, no solo el rostro, sino también el ánimo—, y el espejo fue su primer escenario. Cada niño que se miraba sonreía distinto producto del asombro por verse sus rostros caracterizados por colores extraordinarios.
Ya no eran ellos: eran animales, eran personajes con historia, voz y propósito. Se movían con el nervio y la confianza de quien cree, de verdad, que puede cambiar el mundo si lo intenta.





Sabia orientación
El artista formador Camilo Mauricio Orbes Cerón, quien acompañó el proceso, observaba con una mezcla de orgullo y ternura.
Durante semanas había trabajado con los estudiantes en la construcción de esta obra, que llevaba un mensaje urgente: la necesidad de colaborar, de no dejar que el ruido del ego y la discordia apague la corriente del agua, literal y simbólica.
La historia comenzaba con una sequía. Los animales del bosque —unos veinte en total— se habían quedado sin agua. El suelo cuarteado, las hojas secas, los ríos detenidos.
Pero la verdadera sequía era otra: la que nace cuando nadie escucha, cuando todos quieren tener la razón. Los animales se gritaban, se recriminaban, se culpaban. Hasta que la más pequeña de todos, una hormiga, interpretada por Julieta, decidió poner orden en medio del caos.
La hormiga, con su voz menuda pero firme, propuso un pacto: “dejemos de pelear, de buscar dominio, de hablar mal unos de otros. Trabajemos juntos para que el agua regrese”. Así lo hicieron.
El puercoespín, su aliado, organizó el plan; el resto de animales —el tigre, la serpiente, entre otros— se sumaron poco a poco, hasta que el río volvió a correr luego de desbloquearlo por un árbol que había caído sobre el caudal.
La importancia del agua y entendernos
Pero más allá del argumento, lo que conmovía era la convicción. Los niños no actuaban: eran. Habían estudiado el comportamiento de cada animal, sus gestos, su manera de moverse, de sentir.
Lo habían discutido, ensayado, comprendido. En el escenario no solo representaban la historia de un bosque que recupera el agua, sino la de una comunidad que aprende a convivir, a cooperar, a ser más fuerte desde la diferencia.
Entre el público, los padres sostenían los celulares, pero también el aliento. Algunos grababan en silencio, otros sonreían con orgullo. En la voz de los niños se adivinaba una fuerza colectiva: la de quienes entienden que la paz no se enseña, se practica.
Una de las estudiantes, Miranda, contaba después que se sintió muy emocionada por participar, sobre todo por poder hablar.
Esa frase, sencilla y luminosa, resumía el propósito del programa Artes para la Paz: abrir espacios donde la palabra, el cuerpo y la imaginación sean herramientas para expresarse, para sanar y construir comunidad.
Al final de la función, los aplausos no cesaban. Los niños se abrazaban, aún pintados, aún encendidos. El maquillaje comenzaba a derretirse bajo el sol, pero quedaba la huella: en sus mejillas, en sus miradas, en la certeza de haber vivido algo que los transformó.
Los niños y niñas bailaron en el centro del escenario improvisado en la cancha de la escuela para la obra. Decidieron sacar a bailar a sus padres y demás asistentes. Era un carnaval bajo el sol.
El profesor Camilo lo dijo con calma: “Cuando los niños se miraron al espejo con el maquillaje, entendieron que podían ser otros… y que podían cambiar las cosas. En el fondo, eso es lo que hacemos aquí: ayudarlos a imaginar un mundo mejor”.
El agua volvió a correr, y con ella la concordia. En ese pequeño escenario, entre pinceles, risas y palabras, los niños del Instituto Maltería representaron una verdad que los adultos a veces olvidamos: que la paz empieza por escucharnos, y que incluso una hormiga puede recordarnos cómo hacerlo.










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